Pintando la historia

Más o menos hace un año, mis manos que estaban pintadas de muchos colores, sostenían una cámara con la cual capturaba, momento a momento, la restauración de un mural. El maestro de la restauración me dio la dicha, al lado de otros estudiantes de diversas carreras, de sentirme artista, mezclando colores y comparando tonos. ¡Qué increíble fue descubrir lo que nuestras manos, en perfecta armonía con nuestros ojos podían crear! Pero más increíble fue seguir conociendo, a través de la letra y el pincel, los colores que han pintado mi historia, la de mi país, la de mi universidad…

Una historia de lucha y trincheras; una historia de aventuras, pero también de dolor; una historia de pasión y entrega que devela la perseverancia hasta la muerte… Según Edelberto Torres-Rivas, quizá la pasión vuelve incompleta la verdad, pero ¿cómo podemos no hablar de pasión cuándo en esta parte de la historia guatemalteca (y no a diferencia de muchas otras) hay tantos muertos de por medio? ¿Cómo podríamos ignorar la violencia que ha marcado con dolor y sufrimiento a nuestro país e intentar darle un enfoque totalmente objetivo y neutral? Guatemala ha sufrido y ha llorado… algunos hablan de los jóvenes, como ese futuro esperanzador que traerá el cambio, sin embargo a mi alrededor, aún no soy capaz de verlo.

Escucho tantas historias acerca de las luchas sociopolíticas que cobraron verdadero significado dentro y fuera de los límites universitarios, esa participación y activismo político que los estudiantes manifestaron ante la problemática social de aquel tiempo, y logro ver la influencia de su lucha en las paredes de la universidad que con porfía se levantaban y peleaban por una causa, una causa universitaria que el mismo Estado castigó en la década de los 8O, donde los estudiantes se hicieron presentes en voz y cuerpo defendiendo, desde sus propias concepciones y criterios, la institución educativa a la que pertenecían (Aragón, 2002).

Observo sus fotografías y sus rostros, leo sus historias, algunos fallecieron, otros desaparecieron nada más, otros quisieran quizá haber muerto para poder olvidar el dolor de su país, su dolor. No eran jóvenes distintos, tan guatemaltecos como vos y yo, pero ¿tan dejados? ¿aceptarían ellos la derrota social tan fácilmente? Se habla del papel que ellos jugaron en la historia, y del legado social que dejaron marcado a partir de ese tiempo. Es realmente de admirar el movimiento revolucionario que cada joven vivió aportando toda su vida y luchando, más que por una causa, por otras vidas. Quizá para algunos, el movimiento estudiantil revolucionario de aquella época fue partidario de una ideología, “la izquierda”, pero más que luchar y defender una ideología o un sistema de gobierno, pelearon como ejemplo de justicia social, queriendo reflejar la actividad universitaria dentro de la sociedad y no sólo sus problemas. Querían aportar algo más, no querían pasar por alto lo que sucedía en su contexto social; mi objetivo no es determinar si sus acciones los conllevarían a tal ideología o a tal otra, lo que pretendo es analizar y contemplar el activismo político estudiantil de ese tiempo, y por qué no, compararlo con el nuestro (si es que hay un “nuestro”).

Desde la toma del poder del General Ydigoras Fuentes, el levantamiento de armas de grupos de oficiales militares menores contra los movimientos izquierdistas, hasta el genocidio causado durante el gobierno de Rios Montt, la participación universitaria fue la vanguardia de las luchas sociales y políticas que dinamizaban la sociedad y explicaban el cambio, a pesar de todos los conflictos y desgobiernos que Guatemala vivía.
Para lograr lo que los mártires universitarios del Conflicto Armado Interno lograron, se necesitaría más que buenas intenciones, para ellos fue indispensable la unidad, la declaración de su identidad como estudiantes no era cuestionable, era una generación donde la crítica había sido formada en   sus aulas, rebeldes ante un sistema disfuncional, sin embargo fue un espíritu de servicio el que inundó  hasta el último rincón del alma universitaria, pero sobretodo la participación directa y activa en la política y el poder.

“Somos muy jóvenes como para saber que algunas cosas son imposibles…” es la frase que el Primer Ministro más joven del Parlamento ingles le dice a William Wilberforce en la película Amazing Grace (Sublime Gracia); aquellos estudiantes, como diría Virgilio Álvarez Aragón, abrieron una puerta hacia la vida política dentro del país… yo me pregunto: ¿en qué momento se cerró esa puerta?

¿Acaso las nuevas generaciones no supimos valorar esa participación, ese activismo sociopolítico dentro del contexto actual? Si como jóvenes universitarios, comprometidos con ayudar a nuestros vecinos, a nuestro país, nos uniéramos y nos levantáramos, luchando contra este sistema, pienso que dejaríamos de vivir una utopía, y nuestra realidad sería cada día más la deseada; pero preferimos morir rodeados de cosas superfluas que de nada sirven, escogemos la comodidad a la lucha, a la pelea, preferimos rendirnos y darnos por vencidos. ¿Cuándo se perdió nuestro espíritu de guerra? ¿Cuándo se perdió nuestra pasión?

¿Somos los mismos? ¿Somos aquellos mismos estudiantes que protestan en el tiempo del tirano; los que corremos todos los peligros; los que salvamos la frontera para llevar la buena nueva al mundo; somos aquellos mismos estudiantes que sufrimos el rigor de las balas, quizá no de 198O, pero sí de hoy en día? (extracto parafraseado de No nos tienes de 1922 –Somos los mismo… ¿Y qué?)

Quizá sigamos siendo críticos y sigamos diciendo: “ayer contra aquellos porque eran estúpidos; ahora contra estos porque son torpes”, pero ¿en dónde quedó nuestra acción, dónde quedó nuestra lucha como estudiantes ante la inconformidad de la sociedad, dónde está nuestra porfía? ¿Seguiremos en silencio viendo como un legado se derrumba, o levantaremos nuestra bandera y lucharemos hasta la tumba? No hablo de retroceso, hablo de conciencia social que provoque cambios polémicos dentro de nuestro sistema actual.
¡Qué se escuche la voz del estudiante, y sus actos reflejen una nueva revolución, en este país donde la apatía es nuestro primer enemigo!

Podría citar sus nombres, los nombres de esos hombres ejemplares, llenos de vigor y pasión, pero más me gustaría citar nuevos nombres que como juventud representen un cambio político y social; me gustaría citar nuevos nombres que llenos de servicio dieron su vida por otras; nuevos nombres que no solo hablaron de esperanza, sino que la llevaron a cada hogar; nuevos nombres que marquen una revolución llena de pasión.
Una de mis más recientes crisis se debe a que no veo los colores de la pintura, todo parece estar pintado en blanco y negro; hay días en que pareciera que la esperanza, la poca que me queda, se me escapa de las manos, del corazón. Pareciera ser que una espesa oscuridad cubre la tierra, ¿dónde encuentro la luz? ¿Dónde está el interruptor?

Claro que suena lindo escuchar las historias de valentía de otros, que vivieron tiempos tan difíciles como el nuestro; claro que mi corazón cobra ánimo cuando leo que otros sobrellevaron peores dificultades para lograr con éxito su misión… pero entonces cae el balde de agua fría sobre mi cabeza, y la valentía se convierte en timidez, el ánimo en frustración, y la poca luz que me queda no alcanza para alumbrar esta espesa oscuridad.

Hubo gente que luchó hasta la muerte, el año pasado pinté algunos de sus rostros para que quedaran grabados en la memoria histórica de mi escuela, y de mi mente. Me pregunto si algún día yo moriría por ver la justicia que tanto deseo, y a como avanza el mundo y sus ideologías consumistas se me complica más creer en una esperanza, en una alternativa… pero la luz todavía brilla, no ha muerto.


Y hoy, yo, vos, todos, tenemos la invitación de tomar el pincel y seguir pintando la historia, comprendiendo que la Luz está en cada uno y cada una de nosotros. La oscuridad no es más que la ausencia de luz, por lo que si la Luz está en mí, puedo llegar a esos lugares oscuros, pintar el muro de blanco, y comenzar a crear, pintando la historia con otro pincel, quizá, el pincel de la esperanza.

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